Hay días, no todos, en que mi mente se nubla y mi corazón se aprieta. No es un miedo constante, pero cuando llega, se siente como una sombra que se cuela en silencio. Me pregunto, con un nudo en la garganta, qué pasaría si un día me faltara. Si algo me sucediera, si mi cuerpo o el destino decidieran que ya no puedo estar aquí, qué sería de mis hijas? Ese pensamiento me atraviesa como un viento frío, pero no es solo el temor de dejarlas sin padre lo que me quiebra. Hay algo más hondo, más doloroso, que me roba el aliento: la certeza de que mis dos pequeñas, mis dos pedazos de alma, podrían quedar separadas, quién sabe por cuánto tiempo.
Ellas son hermanas. Hermanas que deberían crecer juntas, compartir risas, secretos, peleas tontas y abrazos que curan. Pero hoy, esa unión pende de un hilo tan frágil que a veces siento que se me escapa de las manos. La madre de mi hija menor no parece ver lo que yo veo. No fomenta, no alienta, no tiende puentes para que mis niñas se hablen, se miren, se quieran como hermanas. Hay un silencio entre ellas que no debería existir, un vacío que no merecen, y yo, desde mi rincón de impotencia, no sé cómo llenarlo. Es horrible despertar cada día con esa verdad: que la comunicación entre mis hijas, ese lazo sagrado, depende de alguien que no lo valora.
Me duele imaginarlo. Si un día no estoy, qué pasará con ellas? Se perderán la una a la otra para siempre? La mayor, con sus ojos curiosos y su risa que ilumina todo, y la menor, con esa ternura que me derrite cada vez que la veo, se convertirán en extrañas? La poca conexión que hoy tienen, esas migajas de tiempo que logro robarle a la distancia y al desinterés ajeno, se desvanecerá como humo? No puedo soportar la idea de que mis hijas crezcan sin saber cuánto se necesitan, sin sentir ese amor único que solo las hermanas pueden darse.
A veces me miro al espejo y me pregunto qué más puedo hacer. Lucho, insisto, pido, pero mi voz parece rebotar contra un muro que no cede. La madre de mi pequeña no entiende —o no quiere entender— que esto no es solo sobre mí. No es solo mi dolor de padre, mi miedo de no ser suficiente. Es sobre ellas, mis hijas, dos almas que merecen estar unidas, aunque el mundo a su alrededor se empeñe en separarlas. Acaso no ve que al alejarlas me hiere a mí, sí, pero las hiere más a ellas? Que les roba algo que no tiene precio, algo que ni el tiempo ni la distancia deberían arrancarles.
Hay noches en que me quedo despierto, pensando en cómo sería si todo fuera diferente. Imagino a mis hijas juntas, contándose sus días, tejiendo recuerdos que las sostengan cuando yo no esté. Quiero que sepan que las amo con cada fibra de mi ser, que daría todo por verlas crecer como hermanas, no como sombras lejanas. Pero esa imagen se desvanece cuando pienso en el ahora, en este presente donde mi pequeña apenas conoce a su hermana mayor, donde la madre de mi hija menor parece indiferente a ese vacío que crece entre ellas.
Si un día me voy, quiero que mis hijas tengan algo más que mi memoria. Quiero que tengan la una a la otra. Que se miren a los ojos y sepan que comparten más que un padre: comparten una historia, un amor que nadie debería apagar. Pero ese deseo choca contra la realidad, y me deja con este miedo tierno, este dolor suave, pero profundo, que me susurra que tal vez no lo logre. Que tal vez, a pesar de todo mi amor, no pueda proteger ese lazo que tanto anhelo para ellas.
Escribo esto porque necesito sacarlo, porque guardarlo me pesa demasiado. Escribo para que alguien, en algún lugar, entienda que ser padre no es solo proveer, no es solo pelear por un rato de visita o un abrazo robado. Es también soñar con que tus hijos, tus pedacitos de vida, se tengan entre sí cuando tú ya no puedas sostenerlos. Y hoy, ese sueño se me escapa, se me rompe, y no sé cómo juntar los pedazos.
A mis hijas, donde estén, les digo en silencio: las amo. A ustedes, que leen esto, les pido: no dejen que los lazos se quiebren. No dejen que el rencor o la indiferencia separen lo que el amor unió. Porque mis hijas, como tantos otros hijos, merecen más que un padre preocupado. Merecen un mundo donde ser hermanas no sea solo un recuerdo lejano.