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Gracias a quienes hoy me hacen sentir vivo cuando el día pesa demasiado.

Hoy quiero escribir algo distinto. No para contar una gran historia ni para explicar una teoría, sino para agradecer. Agradecer de verdad a muchas personas que forman parte de mi vida cotidiana y que, probablemente, no tienen idea de cuánto significan algunos de sus gestos para mí.

Sigo atravesando días difíciles. Sigo extrañando, sigo esperando que algunas cosas cambien y sigo sintiendo esa distancia que a veces pesa mucho más de lo que uno quisiera admitir. Hay situaciones que no se resuelven simplemente porque pasa el tiempo y hay ausencias que continúan ocupando un lugar concreto dentro de la rutina, incluso cuando uno aprende a seguir trabajando, a cumplir con sus responsabilidades y a levantarse cada mañana.

Por eso hay momentos en los que necesito salir de casa. No necesariamente porque quiera comprar algo ni porque tenga ganas de pasear. A veces salgo porque necesito cambiar el aire, sentarme entre gente, escuchar conversaciones alrededor y ver movimiento. Necesito sentir que el mundo continúa funcionando aunque por dentro uno esté atravesando otra realidad.

Mis refugios suelen ser lugares muy simples: un Café, un Restaurante, algún rincón tranquilo dentro del Shopping. Me siento una hora, a veces un poco más, pido algo y empiezo a trabajar. Escribo, pienso, anoto ideas, preparo artículos, organizo proyectos y trato de aprovechar ese tiempo. Muchas veces también ordeno un poco la cabeza sin proponérmelo.

Y en esos lugares ocurre algo que probablemente para quienes trabajan allí sea absolutamente cotidiano, pero que para mí muchas veces tiene otro valor.

Hay días en los que un café significa mucho más que un café

Me gusta sentarme y observar. Veo entrar familias, parejas, personas solas, niños que corren por los pasillos o que llaman a sus padres porque quieren mostrarles algo. Y en muchas de esas escenas vuelvo inevitablemente a mis propios recuerdos.

Veo a mis hijas cuando eran chicas. Recuerdo cómo corrían, cómo se reían, cómo me tomaban de la mano, esas pequeñas cosas que cuando están ocurriendo parecen formar parte de un día cualquiera y que, muchos años después, pueden convertirse en algunos de los recuerdos más importantes de una vida.

A veces esos recuerdos duelen y otras veces hacen bien. La mayoría de las veces ocurre un poco de ambas cosas al mismo tiempo.

Quizá por eso estos lugares terminaron adquiriendo para mí un significado que nadie podría imaginar desde afuera. Me permiten estar en contacto con cierta normalidad cuando siento que algunas partes de mi propia vida quedaron suspendidas. Puedo sentarme cerca del ruido de los demás cuando el silencio interior pesa demasiado.

Pero no es solamente el lugar. Son las personas.

Están los mozos que ya me reconocen cuando entro, el encargado que levanta la mirada y me saluda, alguien de la caja que sonríe, algún dueño que pasa cerca y pregunta cómo va todo. Son personas que no conocen mi historia completa y tampoco necesitan conocerla. Simplemente me tratan bien.

Y a veces eso alcanza para cambiarme el día.

Sentirse reconocido parece algo pequeño hasta que realmente lo necesitás

Hay algo especial en entrar a un lugar y que alguien sepa que ya estuviste ahí. Que te diga buen día sin que parezca una frase automática, que recuerde lo que pedís habitualmente, que pregunte si querés lo de siempre o que simplemente se acerque a darte la mano.

Para alguien que está viviendo una etapa tranquila, probablemente todo eso sea apenas parte de una buena atención. Cuando uno está atravesando un momento difícil, puede significar bastante más.

Yo llego muchas veces solo, me siento en una mesa o en una barra, bajo la cabeza y empiezo a escribir en el celular. Desde afuera seguramente parece que estoy mirando redes sociales, respondiendo mensajes o simplemente pasando el tiempo. En realidad, muchas veces estoy trabajando. Pienso títulos, escribo artículos, desarrollo ideas, resuelvo cosas y trato de construir algo mientras también intento reconstruir otras partes de mi vida.

No siempre llego sintiéndome bien. Hay días en los que estoy cansado, preocupado o simplemente triste. Sin embargo, me reciben igual, con respeto y con una amabilidad que no invade.

Eso puede parecer poco, pero cuando por dentro uno siente que está lejos de la vida que imaginó, ser tratado con normalidad puede ser un regalo enorme.

Lo que más me impresiona es que ellos probablemente no recuerden el gesto al final del día. Una sonrisa, un saludo, una pregunta breve. Para quien lo hace puede durar apenas unos segundos. Para quien lo recibe en un momento sensible, puede acompañarlo durante horas., días o meses.

No estoy hablando del pasado, porque todavía sucede hoy

No escribo esto como quien recuerda una etapa cerrada de su vida. Lo sigo haciendo. Sigo yendo a esos lugares, sigo sentándome a trabajar, sigo levantando la vista cuando escucho a un niño reír y sigo encontrando recuerdos en escenas que para otros son absolutamente normales.

También sigo recibiendo esos gestos.

Todavía aparece ese “todo bien?” que quizá quien lo pregunta considera rutinario. Todavía alguien recuerda dónde suelo sentarme, lo que voy a pedir. Todavía hay una mano que se extiende para saludar o una persona que se acerca un momento sin necesidad de preguntarme nada importante.

Ninguna de esas cosas resuelve mis problemas. No acorta distancias, no cambia decisiones que no dependen de mí y no hace desaparecer las preocupaciones. Pero consigue algo igualmente valioso: durante un rato, el peso de todo eso se vuelve un poco más liviano.

Hay días en los que regreso a casa con exactamente las mismas cuestiones pendientes con las que salí, pero vuelvo diferente. Trabajé, estuve rodeado de gente, alguien me saludó, escribí algo que necesitaba escribir y durante una hora sentí que mi vida formaba parte de una rutina normal.

Eso importa más de lo que parece.

Con el tiempo también entendí algo que probablemente todos sabemos en teoría, pero que no siempre recordamos cuando tratamos con otros: nunca sabemos qué está viviendo la persona que tenemos delante.

La mujer que está tomando un café sola puede estar esperando un resultado médico. El hombre que viene todos los días quizá esté atravesando una separación. Alguien puede estar intentando conseguir trabajo, enfrentando un duelo, extrañando a un hijo o simplemente viviendo uno de esos períodos en los que todo parece requerir un esfuerzo mayor.

Desde afuera no necesariamente se nota.

Y tampoco hace falta conocer la historia para ser amable.

No necesitamos saber qué problema tiene una persona para tratarla con respeto. No hace falta escuchar dos horas de explicaciones para ofrecer treinta segundos de humanidad.

A veces acompañar no significa solucionar. Significa simplemente hacerle sentir al otro que existe.

Por eso no quiero nombrar lugares ni convertir esto en publicidad

Podría decir cuáles son esos cafés, qué restaurantes frecuento y quiénes son algunas de las personas que me reciben. Prefiero no hacerlo, porque perdería el sentido de esta nota.

No estoy escribiendo una recomendación comercial. Estoy escribiendo un agradecimiento.

Quiero agradecer a quien sirve el café, a quien prepara el pedido, a quien atiende la caja, a quien recoge una mesa y a quien lleva muchas horas trabajando y todavía encuentra la energía para tratar bien a alguien que llega.

Los trabajos de atención al público suelen tener una parte que como clientes no vemos. Hay personas apuradas, quejas, errores, horarios largos y días difíciles. Quien trabaja también llega con sus propios problemas, preocupaciones y cansancio.

Por eso valoro todavía más a quien consigue mantener la amabilidad.

Y también me hizo pensar en cómo nosotros tratamos a quienes nos atienden. A veces nos impacientamos porque algo tarda unos minutos, respondemos mal por un error menor o descargamos sobre otra persona frustraciones que no tienen nada que ver con ella.

Después de vivir lo importante que puede ser un gesto amable, intento mirarlo de otra manera. Ellos pueden mejorar nuestro día, pero nosotros también podemos mejorar el suyo.

Un gracias, una sonrisa, un “no hay problema” cuando algo sale mal o simplemente recordar que del otro lado hay una persona puede cambiar por completo una interacción.

La amabilidad muchas veces funciona así. Circula.

Esos lugares también me ayudan a seguir trabajando

Hay otro motivo por el que estos espacios se volvieron importantes para mí. Muchas de las cosas que después termino publicando empiezan allí, en una mesa cualquiera.

A veces necesito salir de casa para poder pensar con claridad. En determinados días, el silencio de casa está demasiado lleno de recuerdos y preocupaciones. En cambio, en un café hay movimiento y ruido de fondo. Hay conversaciones que no escucho realmente, gente entrando y saliendo, una taza sobre la mesa y una sensación distinta.

Entonces escribo.

Pruebo una frase, la borro, pienso otra. Anoto una idea para un proyecto. Respondo algo que tenía pendiente. Empiezo un artículo que quizá termine días después.

Mientras trabajo, también descanso mentalmente de otras cosas.

Eso me ayuda.

Por eso, cuando alguien me ve durante bastante tiempo con la cabeza baja escribiendo en el celular, no estoy simplemente matando la tarde. Estoy intentando aprovecharla.

Y sigo haciéndolo hoy.

No quiero esperar a que todo esté resuelto para decir gracias

Quizá ésta sea la razón principal por la que quiero publicar esta nota ahora.

Podría esperar.

Podría escribirla algún día cuando mi vida sea diferente, cuando esté viviendo en otro lugar, cuando algunos problemas se hayan resuelto y cuando pueda mirar esta etapa desde lejos.

No quiero hacerlo así.

Quiero agradecer mientras todavía sucede.

Mientras sigo entrando a esos lugares.

Mientras sigo reconociendo sus caras y ellos reconocen la mía.

Mientras todavía hay días en los que necesito salir y sentarme un rato entre gente.

Muchas veces dejamos el agradecimiento para después, como si necesitáramos llegar al final de una historia para reconocer a quienes estuvieron presentes en el medio.

Pero quizá agradecer tenga todavía más valor mientras la historia sigue abierta.

Hoy sigo trabajando para cambiar cosas importantes de mi vida. Sigo tratando de resolver situaciones que me preocupan, sigo esperando días mejores y sigo creyendo que van a llegar. No sé exactamente cómo serán ni cuándo, pero quiero estar preparado para vivirlos.

Mientras tanto también quiero reconocer las cosas buenas que existen ahora.

Puedo salir.

Puedo trabajar.

Puedo escribir.

Puedo entrar a un lugar donde alguien me saluda y sentir que por un rato pertenezco a algo cotidiano.

Puede parecer muy poco frente a problemas grandes, pero no lo es.

La vida también se sostiene con esas cosas pequeñas.

A quienes hoy están atravesando un momento difícil

No tengo una fórmula para quien esté viviendo soledad, distancia, duelo, separación o una etapa complicada. Sería fácil escribir una lista de recomendaciones, pero la vida real no funciona así.

Solo puedo contar algo que a mí me ayuda.

Intento no encerrarme siempre.

Salgo.

Camino.

Cambio de ambiente.

Me siento cerca de otras personas, aunque no hable con ellas.

Trabajo en otro lugar.

Vuelvo a sitios donde ya me conocen.

Construyo pequeñas rutinas que me conectan con el mundo cuando siento que algunas partes de mi vida están demasiado lejos.

Para otra persona ese refugio puede ser una plaza, una biblioteca, un gimnasio, la rambla, un club o cualquier lugar donde encuentre un poco de calma.

No importa demasiado cuál sea.

Lo importante es que existan espacios capaces de recordarnos que seguimos formando parte de algo.

Y que muchas veces, dentro de esos espacios, aparecen personas que terminan ayudándonos sin proponérselo.

Gracias por estar ahí

Si alguno de quienes me atienden habitualmente llega algún día a esta nota y reconoce la historia, probablemente también me reconozca a mí.

Soy ese hombre que muchas veces llega solo, que suele sentarse en lugares parecidos y que pasa bastante tiempo escribiendo en el celular. Algunos días converso más y otros estoy completamente concentrado. A veces llego mejor y otras seguramente se me nota que el día no viene tan bien.

Quiero que sepan que sus gestos importan.

No necesitan conocer mi historia.

Nunca esperé que solucionaran nada.

Simplemente me dieron humanidad, normalidad y un lugar donde estar.

Y eso, en determinadas etapas de la vida, vale muchísimo.

Hoy sigo atravesando mi camino. Sigo trabajando, sigo intentando resolver, sigo extrañando y sigo esperando. También sigo entrando a esos lugares donde durante una hora todo parece un poco más liviano.

Algún día quizá mi vida sea muy distinta. Espero que así sea. Quizá esté en otro lugar y algunas preocupaciones que hoy parecen enormes ya tengan una respuesta.

Pero no quiero esperar hasta entonces para agradecer a quienes forman parte de este presente.

Esta nota es para todas esas personas que creen que simplemente están haciendo su trabajo y que, sin saberlo, consiguen algo mucho más importante.

Me hacen sentir bienvenido, acompañado y, en determinados días, un poco más vivo.

Por eso quería escribirlo ahora.

Gracias. De verdad.

Nicolás A.

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