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Mientras el reloj marca las últimas horas de este 2025, me siento aquí, con el corazón lleno de emociones encontradas, para cerrar el año con este artículo. Ha sido un período intenso, marcado por luces y sombras, pero sobre todo por una profunda reflexión sobre lo que significa ser padre o madre en un mundo donde las familias a veces se rompen, pero el amor por los hijos debería permanecer inquebrantable.

Mirando hacia atrás, 2025 ha sido un año de contrastes. En lo personal, ha estado lleno de desafíos que me han obligado a crecer, a resilir y a valorar aún más los pequeños momentos de conexión con mis hijas. Pero más allá de mi experiencia individual, he recibido cientos de mensajes, comentarios e historias de padres y madres que, como yo, han navegado por aguas turbulentas: separaciones dolorosas, batallas legales agotadoras y, sobre todo, el anhelo profundo de estar presentes en la vida de sus hijos.

He visto mucho sufrimiento.
Sufrimiento de madres que luchan solas por sacar adelante a sus familias.
Sufrimiento de padres que se sienten apartados, reducidos a un rol económico o a visitas esporádicas.
Y, lo más doloroso, el sufrimiento silencioso de los niños, que a menudo quedan atrapados en medio de conflictos adultos.

Porque, al final, de eso se trata todo: de los niños

La Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por casi todos los países del mundo, lo dice claro en su artículo 9: los menores tienen derecho a mantener relaciones personales y contacto directo con ambos padres de modo regular, salvo que sea contrario a su interés superior. Y en el artículo 18 se reconoce que ambos padres tienen obligaciones comunes en la crianza y el desarrollo del niño, con el interés superior del menor como guía principal.

Un niño no se alimenta solo de pan, techo y ropa. Se alimenta de abrazos, de conversaciones, de sentirse querido y contenido por las dos figuras que lo trajeron al mundo. Aunque los padres estén separados, el vínculo con ambos es esencial para su bienestar emocional.

Estudios psicológicos han demostrado que la ausencia prolongada o el rechazo inducido hacia uno de los progenitores puede generar en los niños ansiedad, baja autoestima, dificultades en relaciones futuras e incluso problemas de identidad a largo plazo. Lo que algunos expertos llaman alienación parental —cuando un progenitor influye negativamente en la percepción del niño hacia el otro— deja heridas profundas, equivalentes a un maltrato emocional.

Y, sin embargo, en muchos casos, los sistemas judiciales parecen olvidar esto. Los expedientes se acumulan, los tiempos son escasos y las decisiones a veces priorizan lo adulto sobre lo infantil.
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Un niño no es un objeto que se reparte como un bien material. Es un ser humano con sentimientos, que sufre en silencio porque muchas veces no sabe expresar su dolor o, peor aún, nadie se lo pregunta.

Históricamente, en España y en muchos países, las custodias exclusivas se otorgaban mayoritariamente a las madres —en torno al 70-80% hace una década—. Pero los tiempos están cambiando, y eso es una buena noticia.

Según los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística (INE) para 2024, la custodia compartida alcanzó el 49,7% de los casos en divorcios con hijos menores, superando por primera vez a la custodia exclusiva materna (46,6%). La custodia al padre sigue siendo minoritaria (alrededor del 3-5%), pero el avance hacia la compartida refleja un mayor reconocimiento de la corresponsabilidad parental.

Esto no significa que todo esté resuelto. Aún hay desigualdades y, en casos contenciosos, las custodias exclusivas persisten. Pero esta tendencia nos invita a la esperanza: cada vez más jueces, abogados y la sociedad entienden que lo ideal es que ambos padres participen activamente, siempre que sea posible y beneficioso para el niño.

En mi caso, como en el de muchos padres que me escriben, el camino ha sido duro. He visto cómo el dinero se convierte en el centro de todo: “Papá es un cajero automático”. He vivido el dolor de ver a mi hija mayor, ya una mujer de 22 años, distanciada, con una imagen distorsionada de mí, fruto de años de influencias que redujeron mi rol a lo económico. Y con la menor, veo señales que me alertan de que podría ir por el mismo camino.

No niego mis responsabilidades. Siempre he reconocido la obligación de contribuir a las necesidades de mis hijas, y lo he hecho en la medida de mis posibilidades, incluso cuando las circunstancias económicas me han agobiado con deudas. No se trata de evadir, sino de equilibrar: un padre no es solo quien paga, sino quien abraza, escucha, guía y ama.

He consultado abogados —tres o cuatro, como ya he contado— y muchas veces sentí falta de empatía, un enfoque más en los honorarios que en soluciones humanas. Pero no quiero generalizar ni menospreciar a una profesión entera. Sé que hay excelentes abogados que trabajan con vocación, empatía y dedicación real por el bienestar de las familias. También hay jueces que priorizan al niño por encima de todo.

Mi crítica no va contra personas concretas, sino contra un sistema que a veces se satura y pierde de vista lo esencial.

Y no olvidemos algo importante: hay madres que también sufren injusticias. Aunque las estadísticas muestran que la mayoría de custodias exclusivas recaen en ellas, existen casos donde los padres tienen razón y luchan por equilibrio. Esto no es una guerra de géneros. Es una lucha por los derechos de los niños.

Padres y madres que me leen: por favor, dejemos las guerras. No usemos a los hijos como armas. No fomentemos odios, celos o miedos que solo dañan al más vulnerable. Si existe el temor de que un hijo se quede en otro país, firmemos acuerdos ante Notario o Juez. Pero no cerremos puertas al vínculo con el otro progenitor.

Señores jueces, abogados, psicólogos y políticos: escuchemos más a los niños. Hagamos pericias psicológicas cuando sea necesario. Respetemos las leyes que protegen el derecho a ambos padres. Invirtamos en mediación familiar para evitar batallas interminables.

A ti, padre o madre que estás pasando por esto: no estás solo. Hay esperanza. Busca apoyo, habla, comparte. Y, sobre todo, enfócate en el amor incondicional por tus hijos.

Cierro este 2025 agradecido por este espacio, Padres Sin Fronteras, que me ha permitido conectar con tantos de ustedes. Ha sido un año de aprendizaje, de dolor, pero también de crecimiento.

Pido para el año que viene más empatía, más diálogo y más foco en los niños. Que dejemos de lado las guerras sucias y construyamos puentes. Que cada padre y madre pueda serlo plenamente, sin barreras innecesarias.

Que 2026 nos traiga paz en los corazones y unión en las familias, aunque sean reconstruidas.

Feliz Año Nuevo.
Con cariño y esperanza,
Nicolás A.

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