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Carta abierta al Juez, y a mi hija: Lo que nunca se ve en el expediente.

Señor/a Juez:

No le escribo para pedir compasión. Le escribo porque me cansé de que solo se escuche una parte. Porque detrás de cada número que figura en un expediente —una cuota, una fecha, una notificación— hay una historia. Y la mía es la historia de un padre presente, que lucha todos los días para seguir siéndolo.

No fui un visitante en la vida de mi hija. Fui su padre en cuerpo y alma. Estuve desde el primer llanto, en cada fiebre, en cada cumpleaños, en cada paso. La vi decir sus primeras palabras, me llamó “Papá” cuando apenas podía sostenerse de pie. La llevé a pasear, la acosté con cuentos, la abracé cuando se asustaba de noche. Eso no está en los papeles, pero existe.

Hoy, me encuentro solo, sin recursos, sin estabilidad laboral, vendiendo mis cosas más queridas —mi cámara, mi herramienta de trabajo— solo para intentar verla, solo para poder pagar una cuota que, aun con la mejor voluntad, muchas veces no puedo sostener.

Pero a pesar de todo, sigo presente. Sigo escribiendo, buscando, apelando a un sistema que parece ver solo cifras, pero no corazones. No soy un número. Soy un padre.

La madre de mi hija, por razones que no comprendo del todo, ha optado por cerrarme las puertas. Me bloquea, me acusa, me borra. Ha sembrado en mi hija una historia que no es real. Y lo más triste es que nadie parece detenerse a mirar el daño que eso genera: en ella, en mí, en el vínculo que alguna vez fue sano y hermoso.

Lo que pido no es privilegio, ni impunidad. Lo que pido es justicia real, de esa que se basa en escuchar a ambas partes, en mirar más allá de una planilla. Porque si realmente se busca el bienestar de un niño, ese bienestar no se puede construir excluyendo al padre que ama, cuida y quiere estar.

A vos, hija mía:

Si estás leyendo esto, es porque un día decidiste buscar mi voz entre tanto silencio. Y si lo hiciste, es porque algo adentro tuyo aún me recuerda. Y eso, mi amor, es más fuerte que cualquier mentira.

Quiero que sepas que nunca me fui. Nunca. A veces estuve lejos físicamente, sí, pero no porque yo lo haya elegido. Me cerraron puertas, me alejaron con palabras que no eran mías, me pintaron como alguien que no soy. Pero yo estuve, estoy y estaré. Luchando con lo que tengo. Gritando en silencio. Con el corazón en carne viva.

He llorado por vos más veces de las que me animo a contar. Me duele no estar ahí cuando llorás, no poder festejar tus triunfos, no poder darte un abrazo en los momentos donde más lo necesitás. Pero aunque no esté en tu día a día, estoy en cada estrella que te mira de noche, en cada sueño que tengas donde aparezco, en cada recuerdo que aún vive en vos.

Mi deseo más profundo es que un día, sin miedo, vengas a buscar tu verdad. Y te aseguro que cuando eso pase, vas a encontrarme de pie. Quizás cansado, quizás con heridas, pero con los brazos abiertos para vos. Siempre para vos.

A la sociedad, a quienes legislan, a quienes juzgan:

Paren de mirar solo cuotas. Paren de repetir que “la Justicia es igual para todos” cuando el sistema castiga al que menos tiene y no escucha al que sí quiere estar. Ser padre no es solo pagar. Ser padre es amar. Y el que ama, no siempre tiene con qué, pero siempre da lo que puede.

La alienación parental no deja marcas visibles, pero deja cicatrices en el alma. No se nota en los informes judiciales, pero sí en los silencios de los hijos, en sus confusiones, en sus angustias sin nombre.

Dejen de premiar al que aleja. Dejen de castigar al que lucha.

Cierro esta carta con un ruego:

A usted, Juez/a, te pido que mires a los ojos de los padres que te hablan. Que no te limites a un fallo automático. Que no dejes que el silencio gane.

A vos, hija mía, te dejo esta carta como un testimonio. Como una verdad que nadie va a poder borrar. Como una promesa que no depende de papeles, sino de amor.

A vos, lector, si sos padre y estás viviendo algo parecido: no te rindas. Decir tu verdad también es luchar.

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